martes, septiembre 16, 2014

El sueño de Andres

El sueño de Andres
mi cuento ganador en fantasista de hierro


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Con el rostro ensangrentado y los ojos en tinieblas luego de cruzar el bosque en la oscuridad, lo condujeron hacia el interior de un edificio por largos pasillos cenicientos, atravesando una gran puerta de metal Laureano sólo para encontrarse con otro gran pasillo, cubierto este por una alfombra roja como la sangre que contrastaba con el traje harapiento que le colgaba de su cuerpo lleno de  hematomas. Otra puerta se abrió frente a él, de golpe, y uno de sus captores lo empujó hacia el interior. Se vio enceguecido de un momento a otro por una gran luz proveniente del techo falso que iluminaba un gran salón de marfil coronado por tres sillas plateadas en las que tres ancianos elfos le esperaban.
Un hombre delgado de piel amoratada y largo cabello plateado se levantó del asiento principal:
—Bienvenido a nuestro consejo —dijo el hombre mientras caminaba a su alrededor con las
manos a la espalda, como si se estuviera conteniendo—. No era nuestra intención convertir esto en un interrogatorio más, pero usted se niega a cooperar.
—Si no mal recuerdo… estaban ansiosos por convertirme en un “ejemplo”—contesto Andrés.
—Tiene usted una opinión muy baja de nosotros, no lo entiende, lo único que debe usted hacer es resarcir el daño causado —dijo el otro anciano—. No pedimos más.
FdH award
Fantasista de Hierro
Septiembre 2014
—Modificó usted las realidades para beneficio propio —gritó desde una esquina otro anciano—, desencadeno una serie de no-nacimientos imperdonables.
—Fuimos claros en que ambos mundos no debían mezclarse —el anciano de cabello plateado tomó nuevamente la palabra— ahora deberé…
Andrés, con una fuerza impensada para un hombre tan maltratado, empujo al guardia y corrió hacia la puerta. En el umbral lo esperaba un soldado con la espada desenvainada y el fuego en los ojos: Andrés se lanzó contra él.
—¡No lo mates!— escucho a su espalda al tiempo que caía al suelo con una gran mancha roja creciéndole en el pecho.
Despertó por el frio. Era a mediados de agosto, el parque estaba casi vacío excepto por algunos chicos que bebían a escondidas entre los árboles. Se tocó el torso: no sentía dolor en el pecho y tampoco tenía la mancha de sangre, sin embargo recordaba la herida.
A su lado dormitaba Adela, que con voz soñolienta le pregunto si ya había regresado. Él la estrecho aún más entre sus brazos, creyendo por unos segundo que todo estaría bien, sin embargo un policía lo despertó golpeándole suavemente el hombro con el bastón.
—Esto aún no acaba, muchacho —dijo, y acto seguido se marchó.
Adela, apretando tiernamente su mano, sacó del bolsillo un pisapapeles luminoso en cuyo interior aún flotaba el encantamiento: mientras lo tuviera, no todo estaría perdido.

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